10 de julio de 2011

La Fosforerita

"Hacía un frío horrible, nevaba y anochecía. Eran los últimos días del año; vísperas de año nuevo. En medio de tan crudo frío y de la oscuridad, una pobre niña caminaba por las calles, desabrigada y descalza. Cierto que salió de casa con unas zapatillas, pero ¿de qué le servían? Eran grandes y aún las había ensanchado su madre llevándolas hasta entonces, y la pobrecita las perdió al cruzar una calle corriendo para no ser atropellada por los coches que pasaban veloces. La una había desaparecido y no pudo encontrarla, la otra la recogió un muchacho que escapó diciendo que la guardaría como cuna para cuando tuviese hijos. La niña caminaba con los pies desnudos, helados de frío. Llevaba en un viejo delantal un paquete de cajas de cerillas y una caja en la mano. En todo el día no pudo vender nada, ni nadie le había dado cinco céntimos.

Muerta de hambre y entumecida, la pobrecita parecía la estampa de la desgracia.

Gruesos copos de nieve caían sobre su rubia cabellera, que en graciosos rizos le caía por la espalda; pero poco pensaba la niña en su hermosura. En todas las ventanas brillaban las luces de la alegría y trascendía el olor a pavo asado, que era Nochebuena, y en esto sí que pensaba.

En un rincón formado por dos casas con voladizos se sentó, acurrucándose bien y procurando abrigar los pies con el calor de su cuerpo, pero cada vez sentía más frío. No osaba volver a casa, segura de recibir una paliza de su padre por no haber vendido una sola caja de cerillas ni llevar una triste moneda, y además hacía allí tanto frío como en la calle, porque no tenía más abrigo que el tejado, por donde entraba silbando el viento a pesar de los trapos y andrajos con los que habían tapado las rendijas.

Tenía las manos yertas de frío. ¡Oh! ¡Quien sabe si encendiendo un fósforo reaccionaría! ¡Si se atreviese a sacar aunque sólo fuera un de la caja, frotarlo en la pared y calentarse los dedos! Y sacó uno. "¡Ris!" ¡Cómo chisporroteo hasta quedar encendido!

Daba una llama caliente y brillaba como una candela. Lo notó poniendo encima sus manitas. Era una lumbre encantadora y a la niña le pareció estar sentada ante una chimenea de salón con armazón de bronce y repisa de mármol. ¡Qué buen fuego ardía en el hogar y cómo desentumecía sus miembros! Pero, ¿qué era aquello? Cuando la niña fue a alargar los pies para calentarlos, se apagó la luz y se desvaneció la chimenea, no quedando más que un cabo de cerilla en su mano.

Frotó otra en la pared. Se encendió y brilló una luz que, al proyectarse en el muro, dio a éste una transparencia que permitía ver el interior de la casa. Una mesa con blanquísimo mantel estaba llena da vajilla de porcelana de la China y se percibía un rico olor de pavo asado, relleno de manzanas y ciruelas. Y lo que más le gustó a la pobrecita fue que el pavo, con un tenedor y un cuchillo clavados en la pechuga, dio un salto, y, atravesando la sala, voló hacia ella. Pero en aquel preciso instante se acabó la cerilla y sólo pudo ver ya la fría y dura pared. Encendió otro y vio que estaba sentada cabe un árbol de Navidad, mucho más grande y más bonito que los que viera en los escaparates de las tiendas. Las verdes ramas brillaban con miles de candelas, alumbrando preciosas muñecas como aquellas de los escaparates, que la miraban sonriendo. La niña les tendió las manitas y... la cerilla se apagó. Pero las candelas del árbol de Navidad subieron muy alto hasta confundirse con las estrellas del firmamento. Una de ellas cayó dejando detrás un reguero de luz.

-Alguien se muere- pensó la niña, porque su abuela, la única persona que la amó y que había muerto, le dijo un día que cuando una estrella cae, un alma sube al cielo.

Frotó otro fósforo en la pared y se encendió enseguida. Y he aquí que, al resplandor de la luz, vio a su abuela, luminosa, radiante, buena y amable.

-¡Abuelita! - exclamó -. ¡Oh! ¡Llévame contigo! Sé que cuando se me acabe esta cerilla te desvanecerás como el fuego de la chimenea, como el rico pavo asado y como el magnífivo árbol de Navidad.

Y se apresuró a encender todas las cerillas que contenía la caja para que no desapareciese su abuela. Y las cerillas ardían con tal brío que alumbraban más que un sol, y su abuela, que aparecía más hermosa y más grande que antes, la tomó en sus brazos y se la llevó volando, por un camino de gloriosos resplandores, a las alturas celestes, donde no haría frío, donde no se pasaba hambre, donde no se sufrían penas, porque era la casa de Dios.

En la helada madrugada encontraron a la niña sentada aún en el rincón de la calle, con las mejillas amoratadas y los labios entreabiertos en una sonrisa: muerta de frío durante la Nochebuena. El sol de Navidad se apresuró a amortajarla con sus primeros rayos. La niña estaba rígida, guardando aún en su delantal el paquete de fósforos, del cual había quemado una caja entera.

-Debe de haber intentado calentarse- dijo alguien.

Pero nadie adivinaba las preciosidades que había visto ni a qué gloria la había llevado su abuela a gozar de la navidad."

H. C. Andersen


Un libro me recordó este cuento hoy. Y a pesar de los años y años que han pasado desde que lo escuché por primera vez, aún no logro contener las lágrimas al leerlo.

1 comentario:

Ania Alonso dijo...

un blog genial!
me encanta!!